Eva, Casanova y el diván

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¡Buenas noches, guerreras!

Tengo las maletas casi hechas para salir mañana para Valencia. Sólo quedan unas cositas por meter, para un fin de semana mágico con mi amada suegra. Antes de marcharme, voy a contaros mi última visita al gine. Así me entretengo con algo y dejo de pensar en las infinitas posibilidades que tiene mi suegra esta vez de pillarme en una mentirijilla. Y es que hace tiempo que dejamos de contarle nuestras cosas infértiles. No sabe ni siquiera de mi aborto, ni de los legrados, ni que seguimos en tratamiento… Imaginad la de excusas que hemos tenido que poner. Pues yo no me acuerdo ni de la mitad… así que ya veremos cómo salgo del enredo. Cruzad los deditos por mí.

El miércoles de la semana pasada fui de nuevo a mí clínica. Mi gine no estaba en su consulta, porque seguramente habría tenido alguna transferencia, y me atendió en la de otro ginecólogo. Lo llamaremos Dr. Casanova, para que si me lee, al menos, no pueda llevarme a la cárcel.

Tengo que reconocer que en tres años, jamás había pisado esa consulta. Todas, toditas, todas… menos esa. Yo ya me pasaba la puerta, cuando mi gine me llamó mientras se adelantaba hasta la entrada para recibirme. Le di dos besos y entonces empecé a vislumbrar pequeños flashazos de aquella estancia.

El Dr. Casanova es un amante del arte rococó, pero del rococó muy rococó… no sé si me explico bien. Los dorados, las curvas sinuosas y el exceso, combinado con la vetustez propia de la edad del doctor. Así que mientras mi Dr. Adonis me hablaba de cosas serias, yo iba desviando la vista para observar el tintero de bronce y la estantería repleta de libros que, por el aspecto, hubiera jurado que eran auténticos incunables, tan antiguos como el propietario de los mismos.

Mi gine me invitó amablemente a hacer una ecografía y abrió la puerta de la otra sala. Y si lo otro era recargado, rococó y cuasiversallesco… el resto de Versalles estaba detrás de aquel potro: una pared de espejos de punta a punta y de arriba a abajo.

A ver, por favor, no se ponen espejos en un sitio donde lo único que te separa de estar en pelotillas es una minisabanita de tela hecha para modelos de la talla 34, porque ahí me di cuenta de que tenía un problema y era grave. Mi gine me dio aquel trocito de tela y se escabulló, seguramente esbozando una sonrisilla maliciosa, hasta la consulta, cerrando la puerta. Y yo me metí en el cuarto de baño como habitualmente. Pero al salir, vino el dilema. Con aquel miserable y escaso trapo azul enganchado con una mano, fui a avisar de que ya estaba, pero… oh, wait!! Evita, si abres esa puerta y tu gine entra sin haberte sentado, te va a ver todo el culo reflejado en el espejo que tienes detrás. Inteligentemente opté por sentarme y esperar.

Dr. Adonis tuvo que olerse la tostada, porque un par de minutitos después se acercó a preguntar si podía entrar, pero yo ya estaba convenientemente sentada… Sólo quedaba un milimétrico detalle por salvar… la puerta de la consulta estaba ligeramente entornada, pero mis piernas apuntaban directamente a la misma, quedando totalmente expuesta a cualquier persona que pasara por el pasillo. Mi marido, salvaguardando mi honor y mi honra, aunque en estos años infértiles creo que la he perdido casi toda, se acercó a cerrar la puerta. Una vez sentada y con la puerta cerrada, había pasado la primera prueba de fuego.

En la eco, todo perfecto. Bueno, eso me dijo mi gine. Yo no vi nada, porque aquel chisme, que en la época de Dr. Casanova sería tecnología punta, era un artefacto de 2×2 metros amarillento, que se parecía más a la máquina “Enigma” adosada a una pantalla de fósforo verde, que a cualquier ecográfo por el que haya pasado en toda mi vida. Aún con ese prodigio de la técnica para medirlo, parece que el endometrio había crecido por encima de los 9mm sin medicación ninguna. Ya sólo quedaba volver a vestirme y concretar los detalles ya sentadita como una persona respetable en la consulta.

Mi gine se levantó y yo hice lo propio. Y ahí sobrevino el desastre, porque yo pensaba que había enganchado el puñetero pañito, pero se ve que una de las esquinas se escapó de entre mis dedos… y ahí estaba yo, tan tranquila enfrente del espejo con el pañito colgando por mi muslo izquierdo. Si mi gine me vio o no me vio, ni lo sé ni quiero saberlo. Él iba hacía la puerta, no sé si se giró para cerrarla o, prudentemente, la cerró de espaldas. Mi mente, que se inclina siempre por la opción más favorable, ha concluido que mi culo queen size XXL no quedó expuesto a los ojos del buenorro y vosotras, que me queréis, no vais a llevarme la contraria ¿Verdad?

Me diréis que mi gine ya me ve todo lo visible y lo invisible pero, chicas, mi culo es un pandero sobredimensionado, bastante feo y que de normal no ve así, en 3D y enfrente de su cara. De todas formas, yo me pregunto qué narices hacía allí una pared de espejos, y si será que al Dr. Casanova le gusta contemplar su rostro mientras hace las ecos, porque la otra posibilidad no me la quiero plantear.

Volví a la consulta, como si no hubiera pasado absolutamente nada, porque lo suyo en estos casos es disimular como los ratoncillos que, cuando ven a su depredador, se hacen los muertos. Así que salí cual Jennifer Lopez desfilando para Versace, pisando fuerte sobre el parquet de madera de roble americano . Allí no había pasado absolutamente nada. Esquivé el diván con paso sensual y me senté de nuevo a escuchar lo que mi doctor tenía que decirme.

– Todo está perfecto. Empezamos cuando quieras. Si quieres te pongo anticonceptivos o esperamos a la regla…

Yo elegí anticonceptivos, porque no quiero más quistes ni cancelaciones. Él hizo las cuentas y me emplazó para volver el día 14 para empezar. La transfer podría ser el día 30 o 31 de octubre. Bromeamos un poco, sobre mi gafe, sobre que ya no se fía de mí… todo se lo dije yo, porque él es una persona educadísima, que no me diría que soy gafe aunque lo piense, pero os aseguro que lo piensa. Me preguntó por una amiga a la que ya le ha dado el alta y nos despedimos con dos besos de nuevo. Y ahí tuve que volver a esquivar el diván porque por poco me lo como… al diván, no al buenorro, que os conozco. Y digo yo… ¿qué narices hace un diván en la consulta del Dr. Casanova? No sé si es que también está licenciado en psicología o lo usa para echarse la siesta, que el pobre hombre ya está mayor y necesitará sus descansos.

Con o sin diván, estoy contenta. Se acabó por fin la espera y ya sólo me queda que se haya roto la maldición de las cancelaciones. Cruzad los deditos por mí, para que en la próxima consulta ni me cancelen ni enseñe el culillo, aunque sé que todo esto junto es mucho pedir. Y si además, le añado que el fin de semana en Valencia no salten chispas con mi suegra y no me pille en ningún renuncio, es prácticamente un milagro. Vuelvo el domingo por la tarde, así que no os va a dar tiempo de notar que no estoy.

De mientras, que suban esas betas, que haya nuevos positivos y que las transfers sean las definitivas. Que os persiga la suerte en todo lo que hagáis y que vuestros sueños se hagan realidad muy prontito.

¡Mucha fuerza, guerreras!

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