FertiFlashBack: Eva y la Edad de la Inocencia

Mi perra, Jara, tierna e inocente, cuando aún no tenía miedo a las alcantarillas.

Queridas amigas:

Cuando empecé mi blog ya había recorrido prácticamente la mitad del camino de pruebas y tratamientos que me llevó hasta mi pequeño. Es por eso, que muchas de las historias que viví, flotan en el silencio de mi memoria, donde gozan de la más absoluta inutilidad y la amenaza constante del olvido. Y, si bien, seguro que en su totalidad son irrelevantes, me pregunto por qué he de privaros de echaros unas risas a costa de mis (no sé ni cómo llamarlas) «desvergüenzas».

Creo que corría el año 2016. Yo era una tierna e inocente novatilla, que empezaba en el mundo de la reproducción asistida con el sentimiento de culpa por todo lo alto y más miedo que mi Jarita delante de una alcantarilla.

Perrito saltando asustado ante un pescado. Cambiad el pececillo por una alcantarilla y es igualito que ir andando con Jarita por la calle.

Mariduchi, que ha sido siempre un hombre entregado a la causa, era el primero en querer acudir a cada cita médica, hacer preguntas (aunque las comprometidas me las dejaba a mí, el muy puñetero)… Incluso, en muchos momentos, me pinchaba la medicación, consciente de la alta probabilidad de que me diera un infarto ante la sola contemplación de la aguja.

Yo había pasado por entonces mi primera cancelación, mi primera punción y la primera de mis transferencias. Con un historial previo de 8 largos años de test en blanco y muchas lágrimas a mis espaldas, pensaba que sería llegar a la clínica, encontrar el origen de mis negativos y conseguir mi sueño. ¡Qué inocente!

También sentía mucho miedo antes de cada prueba médica, por si era la antesala a mi señalamiento como culpable.

Un día tengo que hablaros de la culpa, porque es un tema de lo más interesante, aunque os resumo ahora diciendoos, que el peor de los juicios y el más injusto es el que hacemos en nuestra mente contra nosotras mismas y que ningún enfermo es responsable de la enfermedad que padece.

Después de este necesario inciso, os sigo poniendo en antecedentes:

En el ciclo anterior me había comido mi primer negativo en RA. Había sido una preciosa transferencia de dos bonitos embriones a día 3 y una infernal betaespera con la llamada diaria de mi suegra preguntándome si tenía síntomas:

— ¿Y tienes el pecho hinchado?

— Bueno, un poquito, pero es de la medicac…

— ¿Pero qué haces en casa, insensata? ¡»Ves» al médico de urgencias, a ver si vas a perder a mis nietos!

Y al día siguiente:

— ¿Hoy cómo estás? Y el pecho, ¿Sigue hinchado? ¿Tienes más síntomas? ¿Mis nietecitos, bien?

— Pues hoy me noto el pecho un poco menos inflamado y…

— ¿Has llamado a tu médico ya para contárselo? ¡»Ves» corriendo a urgencias, no sea que los estés perdiendo!

Vale, la transcripción no es literal, pero puedo asegurar que es muy aproximada.

Como os decía, ya me había comido el negativo posterior, el señalamiento suegril como culpable, el mío propio… y había empezado con las pastillas de estradiol del que sería (salvo que me comiera otra cancelación) mi segundo intento. Ya había hecho todo aquello una vez y le había perdido el miedo, así que lo tenía todo controlado.

Teníamos la cita para el segundo control endometrial esa semana y mariduchi había estado un pelín raro, diría que incluso sudoroso, cada vez que le hablaba del día D y de las preguntas que teníamos que hacer.

Se acercó a mí como un ratoncillo asustado y sumiso, orejillas hacia atrás y rabillo recogido.

— Cariño mío, mi reina mora, dulce angelito de mi vida… ¿Qué día me dijiste que era la cita con la ginecóloga?

— ¡Mariduchi, te he dicho cienes y cienes de veces que es el martes a las 17:00! No me vengas con historias, que nos conocemos… ¡Confiesa, bandido!

A mariduchi se le iban encogiendo más las orejillas y agrandando los ojitos, igualito que el gatito con botas de la peli de Banderas.

GIF de El Gato con Botas con los ojitos muy grandes y engatusadores.

— Es que me han puesto un viaje de última hora y no vuelvo hasta el miércoles…

Y como en el fondo, además de pringá, soy buena persona, la inocencia habló por mi boca y le dije algo así como:

— No te preocupes, cariño. Si esto está todo controlado… ¿Qué puede pasar? Es una revisión rutinaria.

Y el martes Eva cogió su autobús y dando un paseíto se plantó en la clínica. Por entonces me llevaba una ginecóloga joven y muy buena persona a quien llamaremos doctora Uve. Tranquilas, que no come ratones ni tiene la piel verde.

Ya en su consulta y despatarrada en el potro, la noté extremadamente silenciosa, pero yo, aún inmersa en mi inocencia de novata, no supe adelantar la que se me venía encima. No fue hasta que, ya recuperadas la dignidad y las bragas, me senté en la mesa frente a ella, que me soltó con cautela que había visto lo que, a todas luces, parecía un pólipo.

Eso implicaba cancelar, hacer una histeroscopia para quitarlo y, además, analizar el trocito, no sea que no fuera benigno. Que sí, que la doctora Uve me había dicho que era lo más probable, pero ya sabéis que mi cabecita funciona por libre.

Además me dijo que quería que estuviera presente otra doctora. La llamaremos Dra. Leñoso en honor a su apellido. Otro amor de persona y excelente profesional, igual que Uve.

Os ahorro, por no seguir extendiendo la historia, el drama que le monté al pobre de mariduchi por el pólipo. Sí, salí de la consulta con el culillo cerrado y tardé un nanosegundo en coger el móvil. Obvié decirle que estaba acongojada por si el pólipo resultaba ser maligno y ahí acababa toda mi historia con la RA, pero juraría que me lo notó en el tono compungido y la vocecilla que casi no me salía del cuerpo.

Tocaba mover papeles, autorizar pruebas y hacerse el estudio preanestésico. Los días pasaron lentos e histéricos y llegó el día H (de Histeroscopia) y entré en quirófano.

Leñoso y Uve me esperaban con una sonrisa en los labios, y el anestesista, muy simpático el hombre, hizo lo suyo y, antes de contar hasta tres, ya estaba notando una pequeña molestia por debajo de la clavícula y durmiéndome como un angelito.

O no tan angelito… porque, para mi vergüenza, a mi cabecita traviesa le dio por montarse un sueño erótico-festivo y por poco llego al orgasmo en plena histeroscopia.

Mariduchi, pichurri mío, palabrita del niño Jesús que en el sueño sólo aparecías tú, que yo recuerde…

En ese momento, casi de éxtasis, unas voces femeninas me iban arrastrando hacia la realidad del quirófano. Conste en acta, que yo estaba divinamente con mi sueño y, seamos realistas, no veía la necesidad de despertarme en ese momento.

— ¿Y la chica? […] ¿Cómo la ves? […]

Sí, tengo lagunas mentales porque iba muy dopada y no era capaz de procesar la información que llegaba a mis oídos.

— Pues la he estado mirando y […] ligeramente tubular y […]

— ¡Pobrecita! […]

En ese momento, el anestesista debió de percatarse de que me estaba despertando, porque volví a caer en un sueño profundo mientras pensaba en aquella chica, que obviamente no era yo, y lo difícil que lo tenía para embarazarse. ¡Qué suerte la mía de no estar en su lugar! Venga, podéis reíros, que yo también lo hice cuando me desperté y caí en la cuenta.

A la pringadilla a la que le hicieron la histeroscopia aquel día, le cayó una histerosalpingografía, porque el útero parecía ligeramente tubular, y unas cuantas sesiones de antibióticos y biopsias, debido a una endometritis crónica que tardó más de la cuenta en desaparecer. Y luego vinieron otros tratamientos, otras pruebas, más baches y muchos contratiempos.

La reproducción asistida supuso, entre otras cosas, un viaje que parecía fácil y no lo fue, que parecía corto y se me hizo interminable; que hizo volar mi inocencia en mil pedazos… Pero, también, me permitió evolucionar, madurar, conocer personas excepcionales y, por supuesto, llenó mi vida de felicidad gracias a mi hijo.

Dicen que, con la sedación, el personal de quirófano se echa unas risillas con las cositas que podemos llegar a soltar. Yo sólo espero que no se me escapara algún gemidito o frase inoportuna e incriminatoria que revelara mi sueño a todo quisqui. Y, ya que estamos, que si me leen, no se acuerden de mi cara.

Os quiero, os deseo lo mejor y os llevo en el pensamiento y el corazón. Que paséis buen verano y que pronto se cumplan vuestros sueños, sean los que sean.

¿Os gusta que vuelva atrás en el tiempo y os cuente anécdotas que me pasaron durante mis tratamientos? Si es así, hacédmelo saber.

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Millones de gracias por leerme ❤️

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