
Queridas compañeras:
Quién no tiene alguna anécdota fruto de un malentendido, negligencia, descuido o cagada monumental, ¿verdad?
Viene a mi cabeza la vez que mariduchi, por entonces noviuchi, fruto de su origen levantino, confundió por cercanía fonética la palabra chuchona con chochona. O la vez que mi madre, angelito mío, para pedir algo que protegiera la mesa del calor de la paellera, en vez de un salvamantel, solicitó un «apoya-paellas», que en andaluz, dicho rápido, suena algo así como «unapollapaella».
Y de anécdota a anécdota, por mi condición de infértil, viene a mi memoria una que nunca os conté, aunque merecía ser narrada con todo lujo de detalles.
Quienes me conocéis, sabéis que tengo una sobrina adorable a la que amo con todo mi corazón. Ahora que ya es mayor de edad, y con su autorización expresa, vengo a desquitarme y contaros una cosa que sucedió estando en plena batalla contra la infertilidad.
Empezaré por presentaros a mi sobrina. Para preservar su identidad, la llamaremos Candy. Tendría por entonces unos 11 años y estaba al tanto de todo mi periplo «no reproductivo».
Candy, además de ser más dulce que una esponjita de marshmallows, siempre había querido tener un primito hermano, más hermano que primo, pero, sobre todo, era importante que llegara antes del día de su jubilación. Empezaba a desesperar, con razón, y, la pobre mía, ya no sabía cómo ayudarme ni a quién rezar para que aquello de la reproducción asistida por fin diera su fruto.
Yo seguía con mis pruebas y mis transferencias fallidas mientras mi sobrina continuaba la rutina de su curso escolar. Y he aquí, que el destino le tenía deparada una excursión a Extremadura, a bañarse en la Garganta de los Infiernos y visitar el Monasterio de Yuste, entre otros sitios bonitos.
Candy regresó emocionada, contando todo lo que había vivido: Su nueva herida de guerra, de cada excursión se traía un nuevo recuerdo en forma de postilla; unos fenómenos paranormales, que me hicieron desconfiar de si había tomado algo más que el aire limpio y puro de Extremadura; y sus aventurillas varias con las amigas, colándose en las cabañas de las otras (ruego a Dios que no fuera también en la de los otros).
También nos trajo un regalo. Un bonito libro sobre el Monasterio de Yuste y Carlos V, que a la pobre le costaría un pastizal. Recuerdo que cuando me lo dio, pensé: ¡Ay, mi niña! Pobrecita, se ha dejado un dineral en este libro, porque sabe que me encanta la historia. ¡Cuánto me quiere!
Y, así, pasaron los días, las semanas e incluso los meses, mientras aquella excursión caía en mi olvido, pero seguía en su conciencia. Remordiendo, por supuesto.
Y allí estaba yo, cómodamente repantigada en mi sofá, cuando un día se me acercó amorosa:
— Tita, hay una cosa que te quiero decir, que es importante al menos para mí… 🎶
— Dime, Candy mía.
— ¿Tú te acuerdas del regalo que os traje de la excursión?
Asentí con la cabeza, orgullosa de aquel regalazo que me había hecho mi sobrina, que había devorado en cuanto cayó en mis manos.
— Pues no era para ti.
— He oído mal — pensé, pero no lo verbalicé debido al shock.
Me mantuve en un prudentísimo silencio, esperando la explicación que desmintiera aquella frase, pero lo que vino fue peor, muchiiiisimo peor.
Os lo contaré tal como ella me lo explicó y prometo no poner cositas de mi cosecha, básicamente, porque son innecesarias. Candy se basta solita:
— Verás, tita… Aquel libro no era tú regalo. Era para el tito.
Pero, vamos a ver… ¡Que yo soy su ojito derecho, su referente, su cuasi madre! ¡Y soy a la que le gusta la historia más que a un niño una gominola! ¿Por qué ese pedazo de libro no era para mí? Y, sobre todo, ¿tenía otro regalo? ¿Dónde estaba? ¿Mi sobrina se había olvidado de su adorable tita? Aquello sonaba todo muy extraño, pero no me atrevía a formular mis preguntas y adopté la estrategia de Jesús Quintero: Callar y dejarla que soltara la información solita.
Y debió ver mi cara de intriga, porque continuó:
— No, si tú tenías regalo, pero no te lo voy a dar.
¿Cómo que tenía un regalo pero no iba a dármelo? «¡Quiero mi regalo, inmediatamente!», estuve a punto de gritar, pero me contuve. Tenía un millar preguntas bullendo en mi cabeza. Aquello no tenía sentido ninguno.
— Verás… ¿Cómo te explico esto? Estaba yo en Mérida con mis compis, cuando los profes nos dieron un ratillo para entrar en las tiendas. Entré en una y allí estaba: el regalo perfecto para mi tita. No te lo vas a creer, pero había estado buscando algo así todos los días anteriores. Algo especial, que no fuera el típico imán de nevera. Tú me entiendes, tita, que yo te quiero mucho y no podía comprarte cualquier cosa.
Mi corazoncito se iba ablandando por momentos, se había acordado de mí. Pero, aún seguía la incógnita de qué había pasado con mi regalo. ¡Jolines! Tengo que reconocer que quería aquello, fuera lo que fuese, buscado con tanto cariño. Y sí, mi parte más mezquina no entendía que mariduchi tuviera regalazo y yo, aire.
Pero no era plan de meterle presión a la chiquilla y mantuve la compostura. Le hice algún comentario tranquilizador, del tipo «no pasa nada, no te preocupes» y la conminé a seguir la historia. ¡Leñe! Necesitaba saber qué había pasado con mi souvenir extremeño y todavía no tenía ni una miserable pista.
— Me acerqué al mostrador. Había un frasco, forrado con papel de regalo. No vi lo que había dentro, tita, pero tenía un letrero muy bonito que ponía: Amuleto para la fertilidad. También servía para otras cosas, pero al leer eso, no me lo pensé: ¡Deme uno! Le dije a la dependienta y añadí: por favor. Porque ahí me acordé nuevamente de ti, tita, y de tus enseñanzas sobre lo importante de ser una persona educada, con buenos modales y un vocabulario fino y apropiado.
— ¡Qué orgullosa estoy! — grité a todo pulmón en mi fuero interno y sin abrir mi boca, no fuera que dejara de contarme qué había sucedido. Necesitaba toda la información y la necesitaba inmediatamente.
— La señora metió la mano en el frasco, sacó uno y lo envolvió rápidamente. Pagué y, al instante, nos llamaron los profesores. Yo salí corriendo de la tienda, pero mis amigos aún no habían terminado de comprar y tardaron un poquito más.
Y ahí ya no pude resistirme más:
— ¿Y mi regalo? ¡Entonces tengo regalo!— grité, emocionada al saber que sí que lo había comprado— ¿No me lo vas a dar?
— No, tita. No te voy a dar el regalo. — Me dijo, mientras inexplicablemente su cara iba tornando de color, del blanco al rosa y del rosa al rojo bermellón.
— ¿Lo has perdido?— dije suavemente y ella negó al instante con su cabeza.
— Te sigo contando, tita: Verás, yo me senté en unos escalones. Y allí estábamos solitas una profesora y yo. La profe, que se había quedado impresionada cuando compré el libro para el tito en el Monasterio, me preguntó qué había comprado. «Un regalo para mi tía», le contesté. Y, claro, con las confianzas y que estábamos más aburridas que un gorrión en el desierto, me pidió si podía ver el regalo. Y yo se lo tendí.
— ¿Pero no estaba envuelto, Candy mía?
— Sí, tita, pero la profe levantó la cinta celo.
— Valiente cotilla— pensé, pero me lo callé prudentemente, porque al fin y al cabo, una profe puede ser todo lo cotilla que quiera, pero es figura de referencia para los peques. Y yo era infértil, pero no tonta.
— Tita, entonces la seño comenzó a reírse. «¿Para quien me dijiste que era el regalo?», me dijo. Y le contesté que era para ti.
— ¿Y qué pasó?
— Que empezó a reírse más fuerte y llegaron otros profesores. Tita, se iban pasando el regalo de mano en mano, y tal y como lo veían se reían a todo pulmón. Y a las risas, llegaban otros. Y así, tita, ¡qué vergüenza! Pero yo no lo había visto. No sabía lo que era. Y como era pequeñito y se lo iban pasando unos a otros, tampoco conseguía verlo. Sólo sabía que al decirles que era para ti, se partían de la risa.
— ¿Y qué era? ¿No lo sabías? No entiendo nada.
—Tita, recuerda que el bote estaba forrado y la mujer metió la mano. Yo no lo cogí. No miré dentro. Ella lo envolvió tan rápido…
Según me contó mi sobrina, aquella dependienta seguramente había sido entrenada en el arte de envolver regalos por el mismísimo Juan Tamariz, porque tuvo la habilidad de sacar aquella cosa del frasco y envolverla sin dejar que la viera ni un mísero segundo.
— La profe me preguntó si sabía lo que había comprado y le dije que no, pero ella se reía más y más. Y sus compañeros, igual. Entonces fueron llegando mis amigas, tita, y ellas lo querían ver también, porque como todos los profesores se estaban riendo… Y ahí ya, los paré en seco. ¡No iban a verlo ellas antes que yo!
— Entonces, finalmente,¡lo viste! ¿Puedo saber qué es? Oye, Candy, que yo quiero mi regalo.
— ¡Nooooo! Tita, yo no puedo darte eso— decía mi pequeña Candy, con sus mejillas rosa fosforescente.
— Pero, ¿por qué, cariño? A mí me da igual lo que sea. Me lo has comprado tú y quiero tenerlo.
— Que no, tita, que no… No me hagas dártelo, de verdad, que me muero de vergüenza. Además, ya no sé ni dónde lo tengo— concluyó esquiva.
— A ver, niña, ¿tú no me habrás comprado algún tipo de ídolo ancestral de la fertilidad, no?
— Glup, glup. Ejem… Sí, tita, una polla. Digo, un pene, pero era muy pequeñito, tita… de verdad… ¿Te he dicho ya que no la vi?
Y así, queridas amigas, es como conseguí mi «polla pa’ ella», aunque, años después, aún no la tengo a mi disposición y dudo que llegue a tenerla. Eso sí, las risas fueron épicas y aún siguen cuando las dos recordamos la historia.
Mi querida Candy, que sé que me lees y eres mi mejor fan, has sido mi mayor alegría en los peores momentos. Tú me ayudaste a entender que la maternidad no va de genes. La maternidad es amor, y tú lo eres. No busques el ídolo ancestral ya, porque el mejor regalo de todos siempre ha sido tu cariño. Te quiere hasta el infinito,
Tu tita, que de buena gana te hubiera metido a ti primero en su cuna ❤️
Y a vosotras, amigas, gracias por leerme. Os deseo muchos positivos, ecos con latido y niños en vuestros brazos. Y, a las que tenéis sobrinas, que sean tan maravillosas como la mía. Os quiero ❤️🤗😘